Apuntes sobre viajar sola

Viajar es volverse mundano / conocer otra gente / es volver a empezar.

Hoy escribo desde un avión, como lo he hecho tantas veces viajando sola. Aunque desde niña tuve algunas experiencias sin ir acompañada de mis papás, los primeros viajes que hice completamente sola fueron al venirme a estudiar a Monterrey. Y desde entonces, ha sido una experiencia que he disfrutado cada vez más.

Al principio celebraba las pequeñas victorias como pasar el punto de inspección del aeropuerto sin que me detuvieran o cumplir con el peso de las maletas. Con el tiempo, empecé a valorar cada vez más los espacios para estar conmigo misma. Pasar periodos a solas siempre me lleva a dedicar más tiempo a pensar, a planear el futuro y la vida, y al viajar todo se vuelve más profundo, más intenso, más estimulante.

Aunque disfruto viajando acompañada, hay una libertad que solo se experimenta viajando a solas; el aire se respira diferente y es liberador tomar cada decisión, desde qué lugares visitar hasta cuánto tiempo pasar sentada en una banca. Vivir la despreocupación de que lo que haga o deje de hacer lo decido yo y solo impacta en mí.

He planeado recorridos imposibles para conocer una ciudad en unas horas y me he topado por casualidad con espacios maravillosos al equivocarme de calle. Pero más que conocer las ciudades que he visitado, viajar sola me ha dado la oportunidad de conocerme mejor a mí misma. No hay mejor espejo que descubrir cómo reaccionas al quedarte sin pila en el celular y no estar segura de cómo volver al hostal en un lugar que acabas de conocer.

Lo que he viajado puede ser poco o mucho, dependiendo de quién lo juzgue, y aunque he aprendido de cada viaje, hay cosas que sigo sin aprender, como que es innecesario cargar con tres libros y dos libretas para un viaje de fin de semana o que me van a salir ampollas en los pies si vuelvo a caminar tantos kilómetros con esos zapatos.

Como en todo, las experiencias no siempre han sido positivas; ante lo desconocido suele haber de entrada un sentimiento de miedo, como la primera vez que fui sola a la Ciudad de México y tomé el transporte público tratando de verme segura de lo que estaba haciendo, o al pasar por migración para entrar a Estados Unidos en donde por poco se me olvida cómo hablar inglés, o la estación casi desierta del metro en Nueva York a las tres de la mañana para ir al aeropuerto y no pagar un taxi.

Si bien cada viaje nuevo representa salir de la zona confort y muchas veces implica tener miedo, mi miedo nunca había sido a morir por viajar, y muchos menos morir por viajar sola.

El asesinato de María (Mar) Trinidad Matus en Costa Rica el 5 de agosto, vino a dejarme un sentimiento de desasosiego que no se ha ido desde la noticia. No la conocía, pero eso es lo menos importante; esa pude haber sido yo, o mi hermana o una amiga. Cualquiera que en estos tiempos decida viajar sola siendo mujer.

Hay un motivo más para preocuparme cuando voy a viajar y más aún cuando alguna mujer que quiero va a viajar sola. Y aunque podría intentar hacer una lista de recomendaciones que van en contra de todo lo que creo, pero que quizá podrían aumentar las posibilidades de sobrevivir, de nada sirve. No es por ir solas, o por la ropa que llevamos puesta, ni por tomar alcohol o caminar de madrugada en una playa en Costa Rica. Quedarse aquí tampoco nos salva, nos están matando a razón de ocho por día y, de nada sirven las recomendaciones para nosotras, si quienes nos matan lo pueden seguir haciendo sin consecuencias.

 

 

 

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