Carne literal y figurativa

Era la primera vez que vivía sola. Estaba en Bélgica de intercambio y todo fue relativamente fácil, porque claro, privilegios y primer mundo. Excepto cocinar, y específicamente: cocinar carne. Recuerdo ir al super y comprar pollo, regresar a mi depa y fracasar rotundamente. Abría el refrigerador, lo miraba y me rehusaba a tocarlo.

No sabía por qué me generaba tanta repulsión. Hasta que llegó Carol J. Adams a compartirme la claridad que buscaba. Leerla fue doloroso porque tuve que enfrentarme a las atrocidades de las cuales yo era partícipe. Reconocerme opresora.

“Me trató como si fuese un pedazo de carne.” Esta frase es común entre las mujeres cuando hablamos de cosificación y violencia sexual. ¿Qué simboliza un pedazo de carne? La ausencia de vida y la reducción a un objeto.

En su libro “La política sexual de la carne”, Carol J. Adams teoriza a partir de la violencia del lenguaje y nos horroriza: “Ellas son los pedazos literales de carne”. Se refiera a ellas, en femenino, porque la industria cárnica se sostiene de la explotación incesante de los cuerpos de las hembras y sus crías: los aparatos reproductivos de las vacas y las gallinas.

A través de la inseminación artificial se mantiene a las vacas en gestación constante para posteriormente separarlas de sus crías y comercializar la leche materna. Cuando la vaca da a luz a un macho la industria lo mata antes del año pues no producirá leche. Ésta es la carne de ternera.

Históricamente, el patriarcado ha utilizado la domesticación de las mujeres y los animales de consumo para fines reproductivos y de placer. Solo basta ver un comercial de Carls Jr. para identificar que sigue vigente: obtienes placer de la hipersexualización de la mujer mientras disfrutas de un pedazo de carne.

El proceso es el siguiente: cosificación, fragmentación, y por último, consumo. En las categorías de la pornografía nos dehumanizan, ya no somos personas: somos milf, big tits, small asian. Y es similar con los animales de consumo: no son puercos, son tocino; no es leche materna, es queso; no son gallinas, son nuggets. Y así se nos exhibe en las vitrinas del internet y del supermercado.

Al comer un pedazo de carne terminamos replicando la violencia que se ejerce contra nosotras. Una opresión tan normalizada e invisibilizada como la nuestra. Es por eso que el veganismo es resistencia. Y con esto no pretendo fiscalizar a las mujeres que no lo sean, conlleva muchos privilegios y no es viable para todas. Y no, esta responsabilidad tampoco debe recaer solo en nosotras.

Pero estar conscientes y practicarlo en la medida de lo posible es una acción política porque nace desde la compasión, la empatía y el cuidado. Es una reivindicación de los valores asociados a lo femenino, no para que sean exclusivos de nosotras, sino para que sean universales. Es radical porque cuestiona los valores patriarcales y considera a un grupo sistemáticamente vulnerado. Porque incluir a los animales en nuestro círculo de respeto y consideración es interseccional.

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