Sobrevivir a otra salida de noche

11:27 pm

Es martes y estoy saliendo de cenar con una amiga que vino de visita a la ciudad. La estación del metrobús me queda justo enfrente, la pantalla indica que llegará en 15 minutos y esta línea me lleva directo al departamento. Me alivia mucho no tener que trasbordar.

Hace unas horas leí una historia en Twitter de un potencial feminicidio. Una mujer tomó un Didi, el conductor terminó el viaje en la aplicación y la llevó hacia la dirección opuesta, otro hombre subió al carro y le confirmó verbalmente lo que todas tememos cuando tomamos este servicio solas por la noche (a veces también de día): la iba a matar. Ella escapó, logró salir y pedir ayuda.

Estas historias son cotidianas y, por supuesto, me dan terror. Aún más terror me dan las historias que nunca podré escuchar completas: la verdad que quedó entre un mensaje de “me está llevando por otra ruta” o “no me deja bajarme”, y el silencio punzante de la desaparición.

También hace poco, Daniela, una chica de 18 años, tomó un taxi saliendo de su trabajo. El taxista intentaba secuestrarla. Ella le envió los siguientes mensajes a su amigo:

-Ayúdame.
-Pero, ¿cómo te ayudo, bebé? ¿Ya se paró?
-No y ya no se ve nada.
-No manches.
-Estamos por Parres, el Guarda (en la alcaldía de Tlalpan).
-¿Dónde es?
-Es pasando Topilejo. Ya pasamos el Ajusco (a aproximadamente 13 kilómetros del punto de partida de Daniela).
-Llama a una patrulla.
-¿Y qué le digo?
-Que te quieren secuestrar.
-Ayúdame. Por favor.

Encontraron un cadáver cerca de donde Daniela había enviado los últimos mensajes: la familia lo identificó como el suyo.

11: 35 pm

Soy la única mujer en la estación. Hay cinco personas más: todos hombres. Hay un policía que está haciendo guardia. Observo con más atención: es una mujer policía. Somos dos. Me siento un poco más segura.

Le comparto a una amiga mi ubicación en tiempo real. Tengo poca pila, pongo mi celular en modo ahorro de batería y cierro todas las aplicaciones.

11:43 pm

Llega el metrobús, va hasta el tope, no logro subirme. Podría esperar al siguiente, pero a esta hora no sé cuánto tarde, además, el señor del puesto frente a la estación no ha dejado de mirarme desde que llegué.

Tendré que pedir Uber o Didi. Con la angustia acumulada de todas las historias que he leído y escuchado en estos días, abro la app y lo pido. No me queda de otra.

Le aviso a mi amiga. “Aquí estoy al pendiente”, me escribe. Le comparto el viaje del Uber antes de que llegue y una foto del rostro del conductor para que alcance a distinguir sus rasgos.

“Oh, no, se ve creepy”, me advierte entre broma y broma. “Es un señor, ¿qué no todos?”, fue lo primero que pensé.

11:48 pm

“¿Paola?”, me pregunta. “Sí, ¿su nombre?”, le pregunto de vuelta.

“Hugo Enrique”, me responde. Creí que me daría tranquilidad que su nombre coincidiera con el de la aplicación, pero no me trae certeza alguna. Hugo Enrique bien podría ser el nombre de un violador, de un feminicida o de un proxeneta. O todas las anteriores. O podría ser el nombre de un señor que solo está haciendo su trabajo. De esa distinción pende mi vida. Y no tengo forma de saberlo.

“¿Tiene una ruta de preferencia o sigo la que me marca el mapa?” Lo que para un hombre sería una pregunta casual, para mí puede significar que quiere saber si me sé mover por aquí, o si es una ruta que tomo habitualmente. ¿Estaré exagerando? Recuerdo la vez que una amiga me contó que el conductor de su Uber se masturbó con ella en el carro. No lo estoy.

Finjo que se me atoró la bolsa como excusa para abrir la puerta y asegurarme que no tenga seguro contra niños. Recuerdo la historia de esta chica: si logró escapar es porque la puerta no traía seguro. Igual planeaban secuestrarla, no me garantiza nada. Evoco otra historia: la amiga de una amiga que se bajó en plena avenida. Un carro llevaba todo el viaje justo atrás, como acechando, su conductor comenzó a desacelerar. “¿Le puede dar un poco más rápido, por favor? Parece que alguien nos están siguiendo”. “No, yo no voy a hacer lo que tú quieras”, le respondió como amenaza. Prefirió arriesgarse a que la atropellaran.

11:55 pm

Calculo que mi pila sí aguantará hasta que llegue. Me gustaría pedirle al conductor si puedo cargar mi celular, pero temo que si se entera que tengo poca o nada de pila estaré en una situación más vulnerable.

Ya fragué al menos unas cuatro formas de cómo escaparía en caso de peligro. Una me la contó una amiga hace dos días: su conductor iba viendo un video de una mujer desnuda, con el pecho abierto como en una cirugía. El señor lo quitó y ella intentó ignorarlo. Se pararon en un semáforo, él volvió a poner el video. Ella le pidió que la regresara a donde la había recogido porque había olvidado algo. El señor la regresó. “Aquí te espero”, le dijo cuando se bajó. “No se preocupe, es que tardaré mucho”. Tuvo que quedarse en casa de su amigo.

11: 57 pm

Bajo el vidrio mientras observo su reacción. Me da una sensación de que tengo algo de control sobre el carro. Con el vidrio abajo puedo llamar la atención en un semáforo: gritar, sacar la mano, incluso posicionar el paraguas entre el vidrio y el techo en caso de que intente cerrarlo.

“Me marca que hay que dar una vuelta, ¿está bien?” El mapa sí marcaba una vuelta, pero preferí decirle que siguiera derecho y me dejara en la esquina de mi calle porque no conocía esa ruta.

“No, derecho está bien.” Fueron 14 minutos de viaje, se sintieron como 45.

12:02 am

Llego al departamento. Escuchar el sonido de las llaves rechinar mientras entran a la cerradura me reconforta: sobreviví a otra salida de noche. Solo en este lugar puedo descansar un rato del estado perpetuo de alerta.

Le escribo el mensaje a mi amiga mientras bajo, al fin, la guardia,“Ya llegué.”

Illustracion destacada: abbeylossing.com

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