Barrio bravo

Por Alejandra del Toro

Soy hija de una mamá soltera pero con título profesional. Crecí en una casa de una sola habitación, pero con el esfuerzo de mi madre, siempre tuvimos algo en el refri y todos los servicios. Siempre tuve la noción de que había cosas materiales a las que no podía tener acceso y que marcaban una diferencia respecto a mi familia y las demás, pero no me importaba mucho mientras cada diciembre tuviera una Barbie debajo del árbol de Navidad. 

El año pasado una amiga publicó un ensayo sobre movilidad social y desigualdad; en un punto del texto se detiene a describir el momento de su infancia en el que se dio cuenta de que era pobre. 

Para mí, uno de esos momentos fue alrededor de los once años. Estaba por salir de la primaria, mis mejores amigas y yo teníamos un club de fans de un grupo de pop, y en mi casa las cosas pintaban cada vez mejor. En una ocasión, juntamos dinero para ordenar una pizza por teléfono, algo que sólo veíamos en las películas del canal 7. Para nuestra decepción, nos negaron el servicio a domicilio ya que nuestra colonia estaba marcada en el mapa como una zona de riesgo para sus repartidores.

A diferencia de todos los años que había aparentado frente a mis amigas güeritas y clasemedieras de la primaria que era como ellas, el simple hecho de sentirme condicionada por el lugar en donde vivía me dejó marcada con una vergüenza que tardó muchos años en irse.

No puedo decir que crecí bailando cumbia colombiana (por cierto, qué raro decirle así, pero es para referencia) por el contrario, es una cultura de la cual mi familia trató de mantenernos aislados a mis primos y a mí. En mi infancia, los colombias y los marihuanos (mariguanos) eran esos vatos que había que evadir hasta con la mirada cuando ibas a la tienda. Teníamos prohibido irnos en la bici o en la bola hasta Sierra Ventana o a la 15 (de septiembre), y mucho menos cruzarnos Alfonso Reyes rumbo a La Campana. Casi como le advierte Mufasa a Simba en “El Rey León”.

Eso cambió de golpe en el cumpleaños 12 de mi primo Ricardo. De regalo, mi tía Chela lo había llevado a comprar los cassettes del Libres y Locos de El Gran Silencio y el Artillería Pesada Presenta… de Control Machete.

A pesar de todos los esfuerzos por aislarnos del mundo en el que estábamos creciendo, ahí nos tenían en la sala intentando bailar de gavilán y haciendo la rueda, escandalizando a mis tías por hacer apología del pomo. En la primaria –y ahora lo sé, en todas las primarias de México– explotó la bomba. En vez de las Jeans, ahora sonaba Dormir Soñando. A escondidas de las maestras, poníamos en los bailes del día del niño los cassettes de Ricardo: El Gran en 3ºB y el Control en 5ºA, y luego intercambiamos.

Ese cisma cultural en mi familia fue la puerta a muchos cambios más. Ya entrados en la pubertad mi primo se hizo rapero, mi prima se empezó a juntar con los punks de la 15 y yo me quedé atrapada entre Uff y Panda (antes de que fueran pxndx). Pasé de los festivales de estaciones de radio pop, a los masivos en la Macroplaza y luego a las tocadas rockeritas que terminarían por dibujar gran parte de mi identidad.

En esa misma época tuvimos la primera radiograbadora en mi casa y mi mamá se compró su primer carro, un Ford Fiesta ‘00 color verde esmeralda. Escuchábamos El Viaje de Copperpot, una compilación de Pablo Milanés y el Chuntaros Radio Poder mientras sonaba la lavadora de fondo. 

Por la misma puerta y casi sin hacerse notar entró Celso Piña con su Barrio Bravo. Recuerdo ir camino al súper un día en la noche, Lázaro Cárdenas a oscuras, casi vacía; mi mamá al volante, mi hermano Paco en el asiento de atrás y la Cumbia sobre el Río sonando en el estéreo a todo volumen. 

Meses después nos fuimos a vivir a Guadalupe. Seguía viniendo al barrio todos los días después de la secundaria, luego cada fin de semana. En la facultad regresaba a comer a casa de mis abuelas, o a echar una siesta antes de irme a trabajar. 

Conforme fui creciendo, el Celso se fue volviendo mainstream después de poner a García Márquez a bailar Macondo. En la casa de mis tíos en San Nicolás se contaban historias del barrio, de los bailes ochenteros en los que se andaba dando a conocer y sonaban sus primeras cumbias.

Gracias a esta misma explosión, tuve chance de ver a la Ronda Bogotá varias veces en vivo. Uno de mis recuerdos favoritos es el concierto de la explanada del Museo de Historia Mexicana en que se acompañó de la Orquesta Sinfónica de Baja California, al que aparentemente, todxs fuimos. Cada que escucho ‘Como el viento’ me acuerdo de mis papás bailando pegadito entre la multitud.

No sé muy bien bailar cumbias ni vallenato y fue en la secundaria No. 3 en Guadalupe, a muchos kilómetros de mi casa, donde me aprendí los paseos vallenatos que terminaron por acercarme al Rebelde del Acordeón. Tampoco sé mucho sobre el barrio donde viví, más allá de las cuatro cuadras a las que mi abuelo Esteban bautizó como Colonia Valparaíso. Toda mi niñez vi La Campana como un mundo aparte, desde la ventana del camión o desde adentro de casa de mi tía Mague. 

La vida, lo chaira, las pedas donde mis amigos fresas intentan bailar la Cumbia Poder me han permitido reapropiarme y sentirme orgullosa de haber vivido en el sur de la ciudad, entre la Sierra Madre sampetrina y el Cerro de la Campana. De mi infancia ya sólo me queda la nostalgia por los cerros, los mercaditos y el Soriana; y aunque ya hace mucho que me fui del barrio, cada que escucho al Celso siento que el Barrio Bravo nunca se fue de mí.

Sobre la autora: Me apasiona la comunicación, el diseño gráfico y la política. Flor de pavimento y feminista porque no hay de otra. Sueño con una ciudad para todas las personas.

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