Tejiendo para mí

“Ay mijita, ¡qué gusto me da que salieron tejedoras tú y tu hermana!” me dice por teléfono Oma, mi abuela paterna, durante nuestra llamada semanal. No tenemos muchos temas de qué platicar, siempre le pregunto que qué ha hecho (jugar Rummikub), qué ha leído (un libro sobre Pancho Villa) y qué ha tejido (una colcha para mi primo y una que todavía no tiene dueño). Cuando hablamos de tejido usualmente lo traigo conmigo para que lo vea y comentamos los colores o el patrón. Estos días se lo tengo que describir por teléfono, pero es mi tema de plática favorito. 

No sé qué edad tenía cuando aprendí a tejer, pero recuerdo con claridad que ella me enseñó. Desde antes de los diez años yo ya sabía agarrar un gancho y hacer gorritos tejidos y bufandas de tunecino — aunque esa era la técnica preferida de Mamagrande, mi abuela materna. Oma me enseñó varias veces cómo se tejía con aguja pero siempre se me olvidaba, y por muchísimo tiempo tejí con los puntos torcidos — que no es muy evidente hasta que una se da cuenta de cómo se deberían ver en realidad. 

Tampoco sé bien cuándo pasó de ser un hobby que hacía muy ocasionalmente a una actividad diaria, casi como una meditación. Tal vez cuando mi hermana me mandó de regalo agujas y estambre para hacer un chal durante mi año en el extranjero, y eso es lo que hacía en las noches antes de dormir. Cuando se lo explico a la gente digo que me gusta porque uso partes de mi cerebro que no uso para nada más. Si en el día me preocupo por trabajo, pendientes, salud, amistades y familia (porque además soy preocupona profesional) a la hora de tejer sólo hay lugar para derechos, reveses, tejer dos juntos, incremento diagonal, lazadas, etc. El ritmo y la repetición de los patrones, más que distraerme, me sacan del ciclo de preocupación en el que me es tan fácil caer. 

Hace unos años se me contagió la manía de la productividad y llegué a pensar si podía vender las cosas que tejo. Me preguntaban muy seguido que por qué no lo hacía y si lo hacía por pedido y sí lo empecé a considerar como negocio alternativo, para un ingreso extra. Pero independientemente de que en Monterrey hace demasiado calor para que fuera un negocio viable, y considerando mi tiempo y esfuerzo tendría una ganancia mínima, tejer no es algo que quiero convertir en mi trabajo, y es mucho más que mi hobby. 

En este momento, prácticamente todo lo que hacemos es monetizable. No sólo es nuestro trabajo principal, o nuestro segundo trabajo, si lo tenemos. Es nuestro entretenimiento, los likes que damos, el tiempo que pasamos viendo un post en específico donde alguna celebridad o influencer nos vende algún producto que patrocina. Simplemente, no quiero que mi tiempo libre sea “productivo” a pesar de que estoy haciendo algo. Me cuesta mucho desconectarme de mi trabajo, dejar de pensar que podría avanzar alguna cosa aunque ya acabé mis pendientes del día, y además desconectarme de Twitter, Instagram y las noticias que nos llegan todo el día todos los días. Lo que tejo, y lo que decido hacer con ello (sea para mí o para otra persona) no está a la venta, porque si lo hiciera, me robaría mi propia paz mental. 

Si gran parte de mi tiempo libre ya se lo entrego a empresas de entretenimiento donde puedo ver películas, series y acceder a libros tantito más baratos por ser en formato electrónico, tejer será mi última resistencia: lo que es solamente para mí.

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