Lo que nos toca arreglar en el día de la Tierra

A las siete de la mañana me estaba levantando ese domingo 22 de abril, con un humor terrible pues no soy una persona mañanera en lo absoluto, pero al mismo tiempo con un impulso a hacer algo. Algo, lo que sea, diferente, nuevo, un cambio. El Día de la Tierra se celebra, pero no con pastel, ni compartiendo publicaciones sobre el amor a la naturaleza o tomándose fotos con árboles; se celebra dándole de vuelta a la tierra todo o, al menos, un cachito de lo que le hemos arrebatado, amando a la naturaleza mientras la reforestamos, la cuidamos y la protegemos. Para eso sí me levanto a las siete de la mañana.

Este año, el Día de la Tierra nos propone acabar con la contaminación plástica. A las nueve en punto empezó la Jornada de Limpieza y Reforestación, organizada por Tierra Prima, con el objetivo de recuperar espacios naturales locales afectados por este problema. En unos cuantos minutos, ya éramos alrededor de 70 personas, entre vecines y cadetes, listes con chaleco y guantes puestos, costal en mano y sonrisa en el rostro. Todes dispuestes a recoger lo desechado y olvidado en el escaso arroyo de la colonia Eugenio Canavati en Santa Catarina; y bastante fue lo que logramos.

 

 

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Además de botellas de refresco y bolsas de supermercado, niñes y adultes recogimos sillones, partes de carro, pedazos de colchón, edredones y llantas. ¿Quiénes tiran todas esas cosas a un arroyo? ¿Cómo llegaron ahí? ¿Por qué? Tantas preguntas que me hacían pensar en nuestro consumo, en cómo tratamos y pensamos lo que tenemos y lo que compramos. Todas las cosas que sacamos y reemplazamos. Los recursos que le quitamos a la Tierra para producir aquello que utilizamos y cómo eso mismo lo regresamos a ella. Hay tanto que nos promete y cumple la naturaleza y nosotres no nos responsabilizamos de lo que consumimos.

Antes de que esto se convierta en un discurso de reproche hacia la humanidad, recordemos que sí podemos hacer algo, que podemos sentir culpa, vergüenza, arrepentimiento, coraje y desesperación. De igual manera que podemos cambiar nuestros hábitos, buscar alternativas, educarnos y a otres, limpiar nuestro entorno y no volverlo a ensuciar. ¡Claro que podemos! Somos humanes, nos equivocamos y la regamos, pero también reparamos, aprendemos y hacemos que el mundo vuelva a florecer. Eso es lo que hay que llevarnos no sólo cada Día de la Tierra, si no cada vez que tomamos una decisión. A nuestra vulnerable madre naturaleza le toca lidiar con todo lo que hacemos, hay que pensar en ella también.

 

 

Ser esa persona que casi todos los días de su vida se la pasa haciendo corajes internos cuando sus compañeres compran botellas de agua es cansado, lo sé y lo entiendo. Podemos creer que nadie sabe nada y nos ahogaremos en botellas de plástico (muy probable) pero este voluntariado realmente me ayudó a darle más crédito a la comunidad. Al final, unes jóvenes de la colonia nos contaban sobre las actividades que elles hacen para hacer de su entorno un lugar más pacífico, limpio y seguro para todes; completamente voluntario y con ganas que transmitían a quienes los escuchábamos.

Transmitir ese amor al bien, al cambio y más que nada, a la Tierra, es lo que hará que todes nos conectemos con lo que somos realmente y tratemos nuestro hogar como merece ser tratado. Podemos juzgar pero también podemos educar y amar. Eso es lo que nos toca arreglar todos los días en la Tierra, además de levantarnos temprano.

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