Tijeras y flecos

¿Se acuerdan de cuando tenían cinco años y decidieron cortarse el pelo ustedes solites? Les pareció muy fácil así que agarraron las tijeras y se trasquilaron todites. Su mamá “se enojó” y les dijo que no lo volvieran a hacer pero en realidad estaba muerta de la risa y les tomó una foto muy tierna que hoy está en algún álbum que en la portada dice “bellos momentos”. Me encanta esta historia porque me encanta ver esas fotos y que la gente se ría mientras lo cuenta y que sea una experiencia tan común. A mí, tristemente, nunca se me ocurrió cortarme el pelo sola. No me pasó a los cinco años ni a los quince pero quizá este impulso, que empiezo a intuir universal, llega hasta que coincide que estás aburride y unas tijeras se cruzan en tu camino.

Ayer, mientras caminaba por los pasillos de una farmacia buscando un repelente de mosquitos, encontré unas tijeras de bolsillo y, sin pensarlo mucho, las compré. Recordaba que una tía me dijo una vez que para cortarte el pelo debes tener tijeras especiales que sólo utilices para eso y para nada más. Traté de comprobar esto con información de internet pero me aparecieron algunos artículos sobre por qué no deberías cortar tu propio pelo así que decidí cerrar Google y seguir mis impulsos. De todos modos, no soy tan aventurera como les niñes de cinco años y sólo me iba a cortar el fleco. O más bien a re-cortar porque tenía los restos de un fleco que había perdido la forma y ya estaba muy largo.

Quisiera decir que hice una investigación exhaustiva en YouTube pero en realidad sólo vi dos videos, aquí les dejo el que me gustó más.

 

Me hice una cola de caballo (también conocida como chongo) y, con el pelo seco, empecé a cortar tratando de mantener las tijeras verticales para que no quedara un fleco con una línea muy recta. Quería que fuera más cortito en el centro y más largo en las orillas. Según yo iba a guiarme con el puente de la nariz y la parte más alta de los pómulos pero, a la mera hora, se me hizo muy complicado así que sólo trataba de ir cortando de a poquito, deteniéndome a ver si lo había arruinado o si seguía cortando.

En total tardé unos quince minutos. No se siente como cortar papel o tela; el pelo tiene una textura muy particular y es divertido cortarlo. Quizá por eso pasa tan seguido que te cortan diez centímetros cuando pides “dos dedos”, porque la sensación es muy agradable, casi terapéutica. Al final, me vi al espejo y luego vi el lavabo con trocitos de mi cabello. Me sentí tranquila porque siempre vuelve a crecer y porque, aunque claramente no soy Brigitte Bardot, tampoco siento que califico para un álbum de “bellos momentos”. Les recomiendo que lo intenten. A mí me hizo sentir independiente, atrevida y capaz sin necesidad de mudarme a otro continente o hacer algo verdaderamente atrevido.

Supongo que sí califica como un “bello momento” entonces.

Aquí les dejo unas selfies tan caseras como mi nuevo fleco.

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