Al natural

En mis primeros años de identificarme dentro del feminismo, tuve varios momentos en los cuales me consolaba con pensar que era feminista, pero no de esas feministas: las radicales, odia-hombres, y lo peor, peludas. En ese momento se me hacía feo y exagerado ver a mis compañeras que andaban en falda y con las piernas sin depilar, o que levantaban la mano y se asomaba el vello oscuro de la axila. No podía evitar quedarme viendo, con una mezcla de impresión y morbo, hacia los cuerpos tan similares y diferentes al mío. 

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Para la sociedad en la que vivimos, el cuerpo de las mujeres es dominio público. Todas las personas tienen algo que decir sobre si estás muy gorda o muy flaca, muy peluda, muy pálida, muy morena, si se te ve bien el pelo corto o largo o la ropa que traes. A veces no basta sólo con comentar, sino que hay gente que se siente con la libertad de tocarte por el asombro (¿?) de que tu cuerpo sea diferente—mis amigas con tatuajes sabrán de la experiencia.

Y claro, podemos cumplir con todos los estándares de belleza, pero siempre va a haber algo con lo que no podemos estar cómodas—así debe ser. El enemigo en común para todas, tan pronto empieza la pubertad, es el vello. Nadie nunca nos dice por qué, pero el vello en las mujeres no es atractivo. Lo sentimos en los comentarios de la gente, en las miradas, en los medios.

La primera vez que sale pelo que no esperas, te robas un rastrillo de tu papá y terminas rasurada en seco. Le ruegas a tu mamá que te lleve a depilarte porque en la escuela te dicen “chango”, aunque la depilación te haga llorar de dolor. Te embarras cremas para disolver o aclarar el pelo del bozo y cuando te enjuagas los químicos con olor a caño, terminas con la piel roja e irritada, como una quemadura.

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Algunas nos llegamos a creer la idea de que el vello púbico no es higiénico—a pesar de los incontables estudios y artículos que afirman todo lo contrario. Otras sienten la presión de la posibilidad de que una pareja sexual se sienta asqueada porque andamos ‘descuidadas’. Y para no estarlo, hay que pasar por varios métodos de autolesión.

Es un aprendizaje tan arraigado que aunque yo estoy consciente de que la depilación surge de modas y mercadotecnia, todavía me aterra usar manga corta si no me he depilado en dos días. Todavía le pregunto a mi mamá si se me nota el vello cuando ando en shorts, para saber si ya me tengo que rasurar. Porque cuando me doy la oportunidad de no rasurarme por algunos días y sentir mis piernas como deben ser, las veo y las siento como algo ajeno a mi. No sé cómo percibirme a mí misma con vello.

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Así que no, lo reprobable no son mis compañeras que se rehúsan a depilarse. Lo ridículo es que un acto tan sencillo como dejar al cuerpo ser, se considere extremo y radical. No se trata de depilarse o no, sino de sentirse obligada a hacerlo. Lo que me ha tomado tiempo entender es que el control que ejerce la sociedad sobre el cuerpo femenino es algo muy grave que hemos normalizado totalmente.

El problema es la cultura en la que vivimos, en la que tenemos que adaptarnos a un estricto estándar de belleza para ser dignas de presentarnos en la sociedad. Habrá muchos temas que vemos como más urgentes, pero no por eso dejemos de cuestionar las decisiones que tomamos todos los días sobre nuestros cuerpos y si realmente son decisiones nuestras.

Ilustraciones por Lucila Garza

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