Crónicas de una crisis de identidad de género

Un día que tenía que llegar más temprano a la escuela, me tocó subirme al metro en hora pico. Después de estar esperando un rato en un mar de gente llegó el momento de subirme a los vagones, pero para mi sorpresa no me dejaron pasar. Asumí que era porque había mucha gente acumulada subiéndose y la verdad tenía tanta prisa que no lo pensé dos veces antes de correr a subirme por otra parte un poco más vacía.

No fue hasta que me calmé después de correr para subirme que me di cuenta que era la hora del vagón rosa, y que no me dejaron subir porque asumieron que yo era un hombre intentando meterse al vagón de mujeres.

Quisiera poder decir que fue la primera vez que me pasó algo así pero estaría mintiendo. Lo que pasó en el metro es un ejemplo de las diferentes cosas que me han tocado desde que cambió mi expresión de género—y con eso nomás me refiero a mi forma de vestir. Nunca hubiera pensado que cambiar mi clóset de faldas y vestidos por pantalones y camisas no sólo cambiaría el cómo me veo sino cómo me percibe la gente y cómo me muevo por el mundo.  Me han pasado cosas desde que no me dejan a entrar a algún antro porque piensan que mi INE es falsa (porque en la foto traigo el pelo largo) hasta evitar usar los baños públicos por miedo a incomodar a alguien (RIP mis riñones, que viva la deshidratación).

Está rara mi situación actual, nunca me había sentido tan cómoda en mi piel y aunque me alegra mucho estar en el lugar en el que estoy, jamás pensé tener que lidiar con estos efectos secundarios.

Ha sido un viaje cansado y desgastante el de encontrar mi lugar en el mundo. Algo tan sencillo como escoger la ropa que te vas a poner para salir a la calle puede que no signifique mucho para la mayoría, pero cuando te ha costado años llegar a la libertad de usar lo que te gusta, toda la ropa que te pones importa.

Mi relación con el género ha sido complicada desde que tengo memoria. Me tomó años tener el valor para explorar mi expresión de género porque más de una vez escuché cosas como ”¿por qué las lesbianas se tienen que vestir como hombres?” y, al igual que muchas otras personas, crecí entendiendo que las mujeres sólo son válidas cuando son femeninas. Cualquier persona con conocimiento básico del feminismo puede ver que eso está mal, pero a los quince años, cuántas cosas no lanzamos por la ventana con tal de encajar. En mi caso, puedo decir que fue mi salud mental por miedo a que la gente pensara que era diferente.

Mi viaje en búsqueda de mi identidad me llevó a identificarme como hombre trans por un rato. En su momento tuvo sentido y así fue como terminé cambiando todo mi clóset por ropa de vato, me corté el pelo y me dejé crecer el vello corporal (tmi, perdón). Con el tiempo me di cuenta que a pesar de que todo esto logró hacerme sentir más a gusto conmigo, no sabía si buscaba que se me reconociera como hombre o si solo quería vivir a gusto con mi masculinidad.

Navegando un día el hoyo negro del internet encontré un video de Buzzfeed acerca de la masculinidad femenina donde salió Florencia, una artista de Los Ángeles que se identifica como butch y que decidió hacerse top surgery o mastectomía (una cirugía donde se remueven los senos/bubis/ch*chis para tener un pecho masculino). Esto es algo muy común en los hombres trans como parte de su transición, pero nunca había visto una mujer que decidiera hacérsela. Unos meses después me topé con la cuenta de Kai, quien se identifica como genderqueer, y que también se hizo una mastectomía porque aunque se presenta completamente masculine no se identifica como hombre.

Estuve tanto tiempo estresada por intentar encajar en las etiquetas de mujer femenina u hombre trans que no me di cuenta que no eran esas las únicas posibilidades de existir. Encontrar a gente que, como yo, no se identifican con su género asignado pero que no se identifican como hombres, honestamente, me cambió la vida. A mí me sirvió, puede que a otras personas también.

Llegué a la conclusión de que no quiero vivir como un hombre y si bien mi otro nombre y el pronombre ya se han ido, mi expresión de género masculina se quedó. Decidí también a futuro hacerme la top surgery, mis ch*chis se irán pronto y es en lo que trato de concentrarme los días que me pega la disforia. Puede ser confuso porque claramente no represento la definición de mujer y es algo con lo que batallo todos los días, pero al final del día no conozco a nadie que realmente encaje con el estereotipo del género binario de ser hombre o mujer como lo conocemos.

El género como yo lo veo y como lo entiendo es una representación inalcanzable y el intentar alcanzar algún estándar inexistente sólo nos va a seguir haciendo daño a largo plazo. No me gusta hablar de género en público por miedo a hacer controversia, pero considero que es una conversación que debemos tener. Necesitamos abolir ideas anticuadas sobre cómo tenemos que vernos para merecer respeto. Todas las maneras de existir y presentarnos en el mundo son válidas y deben de ser celebradas y visibilizadas. Al final del día nadie tiene derecho de juzgar quién es valido de existir y quién no.

Hablar de estas cosas es importante porque las personas que tenemos expresiones que no son conformes al género que se nos asigna, o que de alguna manera nos salimos de la norma por cómo nos presentamos, sean cis o sean trans, vivimos rodeades de microagresiones por la simple manera en que existimos. Es algo realmente cansado y desgastante. No tengo ganas de lidiar todos los días con la ansiedad de entrar a un baño público, solo quiero hacer pipí.

Puede que un día cambie de opinión y decida transicionar y está bien, se vale. Algunas personas me dirían lencha, otras machorra, (otres podrán decirme que soy trans de clóset) a mi sinceramente me da igual. No busco darle el gusto a nadie, lo único que busco es sentirme cómoda con quien soy. Todes hacemos nuestro mejor esfuerzo para sentirnos a gusto con quienes somos día a día y después de mucho tiempo, hoy yo ya casi lo logro.

 

(En la ilustración de portada se muestran los resultados de la top surgery de Chella Man.)

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