Una conciliación entre cuerpo y género

Hace como un año y medio decidimos abrir un grupo en Facebook de Body positivity, todo empezó mandándonos nudes entre un amigo, una amiga y yo. La dinámica se resumía a que nos enviábamos fotografías y las retroalimentábamos entre nosotros. Era  bastante interesante porque lo que menos importaban eran los cuerpos; lo que realmente importaba era cómo nos sentíamos con ellos.

Durante casi toda mi vida odié mis senos, no entendía por qué eran así, para qué los tenía, qué iba a hacer con ellos. Solo quería operarme y quitármelos. Gracias a este intercambio entre mis amistades y yo, poco a poco fui aceptando todo. Aprendí a aceptar mi pecho, mis nalgas, mi panza, toda mi piel.

Este proceso de aceptación ha seguido un curso un poco extraño durante los últimos meses. Por un tiempo pensé que me había aceptado por completo y que nunca más iba a querer “cambiarme”; empecé a comer mejor, a hacer ejercicio y a cuidarme de distintas maneras. Después pensé que así estaba bien, que tenía un cuerpo bonito y que se iba a quedar así porque lo había aceptado por completo… Al parecer me mentí a mí mismo.

Recientemente salí como hombre trans y empecé una batalla mental para identificar si  quiero mantener mi cuerpo como está o si quiero someterme a cirugías y al proceso hormonal para modificarlo, para que sea un cuerpo que vaya de acuerdo con cómo me siento. Y a partir de aquí vino un dilema: sí me gusta mi cuerpo, sí aprendí a aceptarlo y a quererlo, pero sé que quitarme los senos me puede ayudarme a sentir más confianza en quién soy.

Hace unos meses, cuando escribí Catálogo de lesbianas, pensaba que solamente quería expresarme como se me antojara en el momento y que de ahí derivaba mi enojo hacia palabras como “machorra”, “marimacho” o “butch”. Luego leí Crónicas de una crisis de identidad de género y me puse a pensar más en qué era ser un hombre trans, qué significa y cómo vivir con ello, cómo vivir con tu cuerpo, cómo vivir entre los demás (que continuan mezclando mis pronombres). Después de pensarlo bastante, descubrí que este enojo no venía de ahí, sino de la dificultad que tiene el mundo para entender el género y para ver la feminidad y la masculinidad como algo hermoso.

Creo que haber crecido como una mujer sin género en dado momento me ayudó a no ver mi nombre como algo femenino, quizá de ahí viene la falta de rechazo hacia él; no es algo que me identifique como mujer, nunca lo ha hecho. A veces es difícil para mí decir que quiero que se respeten mis pronombres (masculinos) y que se refieran a mí de esa manera, y al mismo tiempo tratar de explicarle a la gente que lo femenino es algo a lo que aspiro. A partir de que salí como hombre trans, me di cuenta de que puedo vivir con mi feminidad completamente a gusto y puedo, al mismo tiempo, identificarme como hombre y buscar construir una masculinidad sana.

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