“Mi amigo no es un acosador”

Alerta de contenido: acoso sexual

Las amistades son algo curioso, y creo que se ha dicho mucho sobre las que durarán y las que no. Hay amistades con las que nos distanciamos porque tenemos cada vez menos en común, aunque nos queramos. Otras se alejan (o las alejamos) por razones específicas y, poco a poco, dejamos de hablarnos.

Tim Kreider escribió* una vez que la sociedad no reconoce a la amistad como una institución de la misma forma que a las relaciones románticas/sexuales, así que no hay un protocolo oficial para terminarla. Por esta razón creo que hablamos muy poco sobre cuando les amigues tienen que cortar—y digo “cortar” a pesar de que no suele ser algo mutuo. Cortar una amistad, para mí, es decirle a la otra persona que ya no te hable, no te busque, o no te llame su amiga. Es un final definitivo y doloroso, algo que creo que está reservado para situaciones fuertes.

Estoy hablando de esto porque hace unos meses tuve que cortar a un amigo. Fue hiriente y me dio vergüenza la manera en la que lo tuve que hacer, y esa situación me ha llevado a pensar mucho en la forma en la que medimos la bondad y juzgamos a nuestras amistades.

Yo era amiga de Rodrigo** desde que tenía 16 años. Platicábamos de libros, música y películas, compartiéndonos gustos y recomendaciones. Me daba asesoría de matemáticas, me apoyó al decidir qué carrera estudiar y escuchó mis múltiples crisis de vida en ese proceso. Una vez, me avisó que un compañero que me quería invitar a salir tenía un historial de violencia hacia sus ex novias.

Un día me enteré que había múltiples historias de acoso sexual de su parte. Fue como si la realidad me hubiera dado una cachetada.

Me sentí vacía, culpable y tonta. Me pregunté cómo no me di cuenta antes. Analicé muchísimas acciones y comentarios a lo largo de los seis años que lo conocí que me hicieron pensar que ahí había estado siempre y no me di cuenta. Hace casi dos años había escuchado un rumor y lo confronté al respecto. Él me dijo que fue un error, que había pasado hace tiempo y ya había aprendido y tomado consciencia. Yo le creí, porque era mi amigo y yo obviamente no me juntaba con malas personas. El sentimiento de culpa creció.

Ni siquiera pude llamarlo por teléfono para decirle que ya no quería que me hablara. Porque yo lo que realmente quería eran explicaciones que sabía que no iba a recibir. Una parte de mí todavía quería escucharlo decir que sabía que estaba mal y que iba a cambiar. Le mandé un mensaje larguísimo, después del cual esperé unos dos días con el miedo (y la expectativa) de que me respondiera.

Nada. Aunque fue un alivio porque ya no quería saber más, me dolió.

Por mucho tiempo he batallado por querer dividir a las personas entre buenas y malas. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que no se puede. Todes tenemos nuestras cosas buenas y nuestras cosas malas, y hay una escala muy grande en donde nos podemos ubicar. Hay cosas que universalmente consideramos muy malas, y otras a las que individualmente les vamos a dar más o menos peso. Estuve buscando una fórmula para definir dónde está el límite, qué tipo de cosas puedo tolerar de la gente y qué los pone, a mi punto de vista, del lado de las personas malas. Pero ya me di cuenta que nunca voy a encontrar eso, porque no se puede.

Por más tonto que suene, mi reacción al enterarme de lo de Rodrigo fue “¿pero cómo haría eso, si es mi amigo?”. Es muy lindo pensar que las personas con quienes nos juntamos siempre son “las buenas” y que tenemos súper buen criterio para elegir a nuestras amistades. La intención de este escrito no es darles la clave para poder cortar a une amigue que resulta ser una persona terrible, sino compartir que a veces se tiene que hacer, y es confuso y doloroso.

Algo que me tomó tiempo entender fue que a pesar de que me dolió muchísimo enterarme de que mi amigo no era la persona que yo creía, nada de esto se trataba de mí. Él siempre fue bueno conmigo—sin contar la parte en la que me dijo que no era un acosador y resultó que sí era. Pero que su trato hacia mí fuera bueno no excluía que su trato hacia otras personas pudiera ser abusivo y manipulador.

El conflicto y la angustia se procesan de maneras diferentes. Pero lo que aprendí de esto es que lo peor que se puede hacer frente a un abuso es no creer y no cuestionar, sólo porque “es mi amigo”.

 

* De su colección de ensayos “We Learn Nothing”

**Nombre cambiado.

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