Aprendiendo a estar quieta

De unos meses para acá, la dimensión temporal de mi vida ha cobrado especial importancia, por lo menos dentro de mi cabeza y mis motivos auto infligidos de preocupación.

Cuando me gradué de universidad, hace exactamente un año, me propuse irme a hacer la maestría en 2019. Sin embargo, ahora que llegó el tiempo para las aplicaciones tuve que hacer una pausa y reevaluar si quería seguir con estos planes. Y esto por el simple hecho de que en estos momentos soy muy feliz con mi vida aquí y, por tonto que suene, tengo que aprender a entender que eso está bien.

Nuestra vida suele avanzar en un orden y una velocidad a los que rara vez oponemos resistencia. 3 años de kínder, 6 de primaria, 3 de secundaria, 2 o 3 de prepa, y listo, a tus 17 o 18 años ya tuviste tiempo y formación suficiente como para decidir una carrera.

El problema es cuando sales, y te enfrentas con que el camino más allá de tu día de graduación no está trazado, sino es más bien como un descampado sin huellas por las que guiarse. Por lo pronto, tienes que conseguir trabajo. Ok, una meta concreta que te mantendrá por el buen camino. Pero ¿Cuánto tiempo deberías pasar en tu primer trabajo? ¿Luego que sigue, un trabajo mejor o la maestría? ¿Por qué mis amigues ya se están casando?¿Por qué el tiempo pareciera transcurrir tan rápido?

Mirar a mi alrededor no sirve de mucho. Tengo amigues de mi edad que apenas van a la mitad de mi carrera, amigues celebrando su quinto año de casades, teniendo su primera relación de noviazgo, o yendo ya por su segundo bebé. Cada quién decide su camino, eso me queda claro, pero no me deja precisamente tranquila.

Hace poco Luis escribió un artículo brillante sobre la aceleración de la vida y el logro de la lentitud en las filas. Leyéndolo pensé que desde pequeña he tenido una adicción al movimiento. Pero no al sano, como el que te hace bailar y caminar, sino a ese provocado por la inercia de crecer en una sociedad que vive en constante frenesí. Adicción a las mil actividades y responsabilidades, a una meta después de otra, a siempre tener algo que hacer.

Porque el movimiento es condición fundamental para el progreso, y la maquinaria del sistema  internacional no seguirá girando gracias a nuestra paz y contemplación, ¿cierto?. Por fortuna, pareciera ser que ya comenzamos a darnos cuenta y nos prevenimos cada vez más contra la trampa de “estar ocupado” y la romantización del estrés, el cansancio y el trabajo.

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Obtenido de Amanda Genine

Aún así, la aceleración se nos mete por debajo de los pies y nos dispara hacia adelante sin que alcancemos a reaccionar hacia dónde chingados vamos tan de prisa. Hablo con un amigo y le digo triste que “me agoté demasiado rápido en mi juventud, ya soy una señora que disfruta más un fin de semana en casa que andando del tingo al tango”. Y es que la vida nos ha hecho repeler la lentitud. Personalmente, la vejez se me figura como el futuro más temible por ocioso y calmo. Nadie nunca nos enseñó a estar quietas.

Para una ciudad como Monterrey, el movimiento, el trabajo y la productividad son los pilares de nuestro ser “exitoso”. Y está bien, no niego que seguir el impulso que tenemos dentro nos puede llevar a conocer lugares nuevos, ya sean personales, como los límites de nuestras capacidades y personalidades, o físicos. Pero sí creo que hay un problema cuando en lugar del impulso natural, lo que nos mueve es la inercia de una sociedad que no ha sabido sosegarse.

Es así que después de mucho reflexionar, decidí postergar un año más mi aplicación para la maestría. Aunque me sigue dando pánico pensar que estoy dejando el tiempo pasar, que otras personas avanzarán más rápido que yo y que me estoy quedando atrás, sé que son pensamientos que tengo que aprender a controlar. Para esto, Silke me dijo una frase que me he llegado a repetir todos los días: “estar estable no es lo mismo que estar estancada”.

Y a esto me aferro. A que, si en una sociedad que constantemente te empuja de un lado a otro para que cumplas sus expectativas de éxito, logré fabricarme un lugar de comodidad y satisfacción, debo aprender a disfrutarlo. A dejar madurar los aprendizajes que la vida post-universidad me ha traído, a explorar los proyectos que en este año han surgido y a renovar mi interés en el entorno inmediato y en mí misma. Irme no me garantizará aprender y crecer como persona, así como quedarme no significa estar estancada ni estar “perdiendo el tiempo”.

Ya sea en los planes a mediano y largo plazo, como en la rutina del día a día, creo que lo esencial es aprender a encontrar nuestro propio ritmo personal. Disfrutar de la quietud y la calma cuando podamos, y movernos cuando nuestra energía y motivación nos lo exija. Hay que ver un poquito hacia dentro y aprender a distinguir cuándo nos movemos por deseo propio, por necesidad, o por la ilusión de ésta creada por la aceleración y las expectativas a nuestro alrededor.

Nuestra vida no se mueve a velocidad constante. Como humanos obedecemos a ciclos biológicos, emocionales y de energía. No todo nuestro progreso es lineal, y a veces está bien detenerse, retroceder o dar un giro para cambiar la dirección.

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