Mi vida antes, durante y después de la bici

Antes

Tenía 6 años cuando, en Navidad, “Santa Claus” me trajo mi primera bicicleta. Aprendí a andar en bici en la amplia banqueta de la casa de mi abuelita en donde diez años antes mi tía y mi mamá también pedalearon y 20 años atrás, mi papá y sus hermanos rodaban.

En esos años, los domingos después de acompañar a mi abuelo a misa de siete y después a tomar el café con el tío abuelo, le rogaba a mi papá que dejara de ver el futbol, que en realidad era dormir en el sillón, y nos llevara a mí y a mi primo a cualquiera de las dos plazas cercanas a andar en bici.

Cuando era niña, andar en bicicleta significaba jugar y tuve el privilegio familiar de crecer en una casa en donde ser mujer no me excluía de juegos físicos o deportes. Aunque no puedo decir que en todos los ámbitos es así, viene desde hace algunas generaciones la normalización de andar en bicicleta independientemente de tu sexo.

Aunque mi primera bicicleta era de Barbie y tenía listones rosas, no evitó que me aventara de un cerro con otros niños, arrepintiéndome dos segundos después para luego perder el control y tener una caída nada bonita. No le dije a mis papás por miedo a que me regañaran y viví dos semanas ocultando mi dolor, que en realidad creo que lo recuerdo peor de lo que fue.

Dejé la bici cuando todavía estaba en la primaria. Entre el interés por otros juegos, mis recorridos cotidianos en carro con mi mamá o mi papá y mi interés de actividad física en bailar jazz y después entrenar voleibol, la bici pasó, temporalmente, al olvido.

Aunque en la infancia y la adolescencia hacía muchos recorridos en auto, nunca he tenido uno propio y, a los 18 años que me mudé a Monterrey a estudiar la universidad, vivía tan cerca de la escuela que ni siquiera lo consideraba una opción. Caminaba para casi todos mis recorridos y usaba taxi o transporte público para el resto.

Durante

Hace poco más de cinco años empecé a trabajar en temas urbanos casi por casualidad, pero el estudio y la intervención de las ciudades se convirtieron en mi pasión. Derivado de años de experiencia sin auto en la ciudad más cochista, me pareció natural tomar como bandera la movilidad sostenible y en particular el impulso a la movilidad no motorizada.

Se volvió natural experimentar la ciudad en todos los medios de transporte por los que estaba abogando y para los que estaba diseñando. Así decidí comprar mi primera bicicleta de persona adulta. Debo confesar que la elección estuvo basada completamente en la estética, no investigué mucho al respecto y compré una bicicleta urbana, de una velocidad, color verde pistacho que me acompañó por cerca de dos años.

Andar en bicicleta en la ciudad es una experiencia maravillosa, para mí que me movía a pie, se convirtió en una forma de llegar más rápido y de llegar más lejos con la misma libertad y autonomía que ir caminando. Además, se convirtió en una herramienta para usar con mayor autoridad las calles parejitas y asfaltadas en lugar de las banquetas rotas y obstruidas.

Con todo y que la experiencia en Monterrey es lejana comparada a las capitales ciclistas del mundo, la emoción, el empoderamiento y la resistencia que representa andar en bicicleta, casi siempre supera los malos ratos.

Luego de rodar algunos años, decidí cambiar mi bicicleta por una de velocidades, siempre manteniendo un interés en las bicis lindas o llamativas. Duré unos meses con otra bici urbana que decidí volver a cambiar y encontré la bici perfecta, al menos para mí. Me aventé a comprarla por internet y en vivo resultó aún mejor que todo lo que había investigado en línea. Era una bici también urbana, color coral y de siete velocidades, ligera dentro de lo que cabe. Fuimos muy felices juntas hasta que una noche se la robaron del patio de mi casa.

Después

Sufrí la tragedia unos días, reprochándome no haber sido lo suficientemente cuidadosa, compartí en redes sociales una foto por si alguien se la topaba por la calle y presenté la denuncia por robo. Una luz que le dio calidez a mi corazón en la tristeza por la pérdida, fue el ofrecimiento de dos bicis en préstamo por parte de Lety y Huicho, dos amigues ciclistas y activistas que admiro un montón.

Pasaron un par de meses y la historia regresó a la misma banqueta en la que empezó y a una bici de regalo de Navidad. Descubrí que mis sobrinas de ocho y 12 años no sabían andar en bicicleta y, en conjunto con mi familia, decidimos regalarles una a cada una. Les amaneció de sorpresa el 25 de diciembre, en la puerta de la casa de mi abuelita, y su primera lección fue en la misma banqueta en la que hace 23 años yo rodé por primera vez. De regreso en Monterrey, apareció también en mi puerta una bici nueva, verde con negro, plegable y acompañada de mucho amor. La nueva historia apenas comienza pero no tengo duda que vendrán cosas increíbles, por lo pronto ya rodamos 16 kilómetros del Tec a Tampiquito (gracias a Anga, otra amiga ciclista y guercletera) e hicimos intermodalidad del Tec a San Nicolás subiéndonos juntas al metro.

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