Las niñas no pueden jugar

-¡No! Las niñas no pueden jugar.
-¿Por?
-Se van a lastimar

Tuve el privilegio de ir a una escuela privada. Tuve el privilegio de que, cuando pasamos de primaria a secundaria, se canceló el uniforme formal de los lunes para los honores a la bandera. Las niñas debíamos ir de falda plisada de cuadros, medias hasta las rodillas, blusa blanca y zapatos negros; los niños de pantalón gris, camisa blanca y zapatos negros.

Los lunes eran el peor día. No solamente porque se había terminado oficialmente el fin de semana de descanso, sino porque odiaba las faldas. Cuando las usaba, me tenía que poner lycras y medias y me moría de calor. En invierno, ni con las lycras y medias se me quitaba el frío. Cuando usaba falda no podía jugar a nada en el recreo, me tenía que quedar sentada y quieta porque “no vaya a ser que a la niña se le vean los calzones”.

Cuando mi escuela hizo el cambio a que el único uniforme obligatorio fuera el de deportes, una de las consecuencias más notorias la vivió mi mamá. De repente, todos mis pantalones regresaban rotos de las rodillas. Rasgados, estirados, pisados. Me regresaron varias veces de la escuela porque no podía llevar los pantalones todos rotos y tuvimos que empezar a comprar parches. En una ocasión, cansada de que me hablaran a la oficina de la coordinadora por algo que yo consideraba una “tontería”, engrapé mis pantalones para que no se me viera la piel. Listo, problema resuelto, ¿ya me puedo regresar a jugar?

Resulta que yo no era una niña “quieta”, solo era una niña inmovilizada por las faldas y las lycras. Gracias a ese cambio de uniforme que hizo mi escuela, descubrí lo mucho que me gustaba jugar “brusco”. Las cicatrices de mis rodillas hablan por mí, me encantaba jugar y aventarme y patear pelotas y colgarme de los juegos. En mi caso, jugar brusco me ayudó a conseguir más seguridad en mí misma, a perderle el miedo a probar cosas nuevas, a socializar con otras niñas y niños. En el caso de mi generación de la escuela, fortalecimos muchísimo la convivencia entre todas y todos y, de verdad, no recuerdo una situación de acoso o violencia de género en mi escuela. Aventarme a decir que dejar que los niños y niñas jueguen en grupo previene la violencia de género sería imprudente y arriesgado, pero definitivamente en mi caso ayudó a que los niños nos vieran como personas con deseos, gustos, miedos y habilidades similares a ellos.

Estos últimos días he visto muchas quejas por la medida de uniforme neutro para la CDMX y me gustaría contarles un secreto: no pasa nada. Nadie se va a morir si las niñas usan puro pantalón o pantalones cortos cómodos. Puras cosas buenas pueden salir de un recreo donde niñas y niños puedan jugar como iguales sin que su libertad esté limitada por una regla absurda de vestimenta.

Pero, ¿qué hacemos con los niños que quieran usar falda? Me preguntarán, escandalizados, todos ustedes al unísono. Nada, no hacemos nada. Los dejamos usar falda y les recomendamos que jueguen con cuidado y que se pongan lycras si no quieren que se les vean los calzones.

Imagen destacada por: stav maor

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