gordofobia

La revolución de las gordas

Por Denisse

Mi gordura y yo tenemos una larga relación; 24 años.

Los primeros años de vida nos llevábamos muy bien. Íbamos a la escuela, leíamos libros, comíamos sin culpa. Éramos muy felices juntas, hasta que llegó la adolescencia.

En la escuela algunas niñas comenzaron a llamarme “chino gordo” por parecer, en sus palabras “un luchador de sumo”. Comenzó a incomodarme mi gordura, mi propio cuerpo, y empecé a sentirme ‘diferente’.

Cuando mis compañeras empezaban a usar pantalones de mezclilla y a seleccionar su propia ropa, yo tenía que usar pants porque no vendían mi talla en ninguna tienda. Tenía 10 años y ya lloraba porque nada estaba hecho para mi cuerpo.

Mi gordura y yo dejamos de ser felices. Más bien, ella me hizo ser infeliz. Me di cuenta de que quería acabar mi relación con ella, sacarla de mi vida. Algo en mi entorno había hecho que cambiara por dentro.

De acuerdo con las revistas, las películas, y un largo etcétera de medios, si adelgazaba sería feliz. Las películas de amor estaban protagonizadas por gente delgada. Las actrices y cantantes eran delgadas. ¡Yo quería despedirme de mi gordura y ser como ellas! (Si les soy honesta, hay días en los que aún lo quiero porque todo a mi alrededor sigue gritando que debería).

Mi familia tampoco quería a mi gordura. Constantemente era comparada con mis primas “flaquitas”. Decían que si seguía comiendo “iba a empezar a rodar”.

Mi gordura y yo nos convertimos en excelentes nadadoras, llegamos a ser cinta negra en taekwondo y comíamos sano. Por años no tomamos refresco (no por salud, ni por estética, genuinamente no nos gustaba – una gorda a la que no le gusta el refresco, how’s that for your stereotypes?). Pero, supuestamente, todxs me recomendaban bajar de peso “por mi salud”.

En la preparatoria me obsesioné por hacer ejercicio. Corría varios kilómetros e iba diario al gimnasio. Nada de las cosas buenas de mi vida importaban si no lograba reducir el número que marcaba una báscula.

No sé en qué punto me pareció poco natural esta fijación con mi peso. ¿Por qué estaba tan empeñada en ser delgada? ¿Por qué no me sentía feliz?

Me dispuse a investigar de dónde surgía el deseo de adelgazar y en la biblioteca de mi escuela encontré un libro que nos abriría, a mí y a mi gordura, todo un nuevo mundo de posibilidades: El mito de la belleza, de Naomi Wolf. El feminismo oficialmente entró en mi vida.

De pronto sentí como si alguien hubiera condensado mis diecisiete años de vida y mis experiencias en palabras. “Una fijación cultural en la delgadez femenina no es una obsesión por la belleza femenina, es una obsesión por la obediencia femenina”. Magnífico. Acabé todo el libro, rápidamente embriagada de conocimiento y enamorada de la propaganda anti-dietas.

Pero no me quedé ahí. Mi gordura y yo continuamos aprendiendo sobre el tema de la gordura. Aprendí que el movimiento de aceptación de la gordura lleva existiendo desde los años 60. Comenzamos a leer teoría feminista.

Poco a poco entendí que la gordura es política, porque mi cuerpo también es un campo de batalla. Que ser mujer, y tener un cuerpo que ocupe más espacio que el promedio, es resistir. Es ir contracorriente, desafiar lo establecido. Y ser feliz siendo gorda es lo peor que puede pasarle al sistema -tanto al patriarcal como al capitalista-.

Al crecer nuestra mente, las ideas de Naomi Wolf nos resultaron insuficientes. Encontramos a Roxane Gay y en su libro Hunger entendimos qué sucede cuando la opresión de la gordura se entrecruza con la raza.

Fue entonces que descubrí el término “gordofobia” (fatphobia en inglés), el cual se refiere a un sesgo automático y normalmente inconsciente que lleva discriminar a las personas con sobrepeso, producto del rechazo estético y moral a la gordura.

(Aquí hay papers, papers, papers, papers y más papers por si les interesa leer sobre gordofobia).

Al crecer me volví consciente de la violencia estructural que sufren las personas gordas, que nuestra calidad de vida jamás sería como la de lxs delgadxs. Entendí que las y los especialistas de la salud, y su gordofobia internalizada, hacen que las personas gordas sean mal diagnosticadas y discriminadas. También aprendí que los aviones, los autobuses y los muebles en general están diseñados para un tipo específico de cuerpo, lo cual trae obstáculos para que las personas gordas desarrollen su vida cotidiana , esto obviamente sumado a la discriminación en tallas de ropa.

Quisiera decir que gracias a todo este conocimiento adquirido aprendí a amar a mi gordura y que desde entonces mantenemos una relación idílica, pero eso sería mentirles. Hay días en que la odio, hay días en que la acepto, días en que dormimos juntas y en paz. Pero por más que yo me esfuerce en entenderla, quererla, más se esfuerza la sociedad en hacer que la desprecie. La gordofobia está en todas partes.

Todo este texto es para decir que yo estoy de acuerdo con Rebeca Lane y el tweet que desató, en estos días, el debate sobre el privilegio delgado. A mí también me ofenden los mensajes “body positive” de mujeres delgadas y guapas y su apropiación del discurso.

Más aún, el movimiento “body positive” me parece súper problemático debido a que es una forma de cooptar y capitalizar el feminismo y sus preocupaciones, además de que hace que la responsabilidad de “aceptarnos” recaiga en nosotras y que giremos la cabeza ante las violencias estructurales que vivimos:

¿Las personas te discriminan? ¿No te sientes representada en los medios? ¿La ropa de las tiendas no está hecha para tu tipo de cuerpo? ¡Exageras! ¡Todo está en tu cabeza! ¡Todas somos bellas! ¡Te falta amor propio, body positivity 4 everyone! ¡Y ahora consume los productos de nuestra línea plus size, que llegan hasta la talla 14!

Por años he tenido que callar las batallas que he sufrido a causa de mi gordura por miedo a herir la sensibilidad de mis amigas y compañeras delgadas, pero no más.

Aunque el machismo las orilla también a ellas a odiar a sus cuerpos, sus vidas jamás se vieron ni se verán impactadas por ser delgadas. No las tratarán diferente, ni las excluirán las marcas o los medios, no habrá odio dirigido hacia ellas con base en su peso, ni pasará por su mente la idea de no ser queridas por ocupar demasiado espacio.

Hoy entiendo que todas aprendemos poco a poco sobre las múltiples opresiones que vivimos a causa de nuestras identidades. No juzgo a mis compañeras que, debido a que nunca han vivido opresiones a causa de la gordura, al principio no entendían de lo que les estaba hablando. Sin embargo, al hablarles del tema, no encontré más que apoyo y empatía. Pero sí juzgo a quienes eligen mantener los ojos cerrados ante lo obvio, a quienes no logran entender que no son protagonistas de este movimiento y que los cuerpos delgados, en efecto, son privilegiados. A ellxs, la revolución de las gordas lxs alcanzará. 

Links y sitios recomendados por mi gordura y yo:

  • El desafortunado episodio en el que Roxane Gay denunció gordofobia por parte de un programa de radio al promocionar Hunger (oh the irony)
  • Una MA RA VI LLO SA canción sobre gordura, por Krudas Cubensi
  • “Fat Girl” de Megan Falley, un GRAN poema de slam poetry sobre gordura

Foto de portada: Chairalascura

Un comentario en “La revolución de las gordas

  1. Denisse! Me gustó mucho el texto porque me identifiqué con el. Cañón.

    Cuando era niña no me preocupaba mi pancita, jugaba sin fijarme en ello pero cuando crecí, la cosa empeoró, en la secundaria empezaba a fijarme en mi lonjita, en el cuerpo de las chicas delgadas y en el de las compañeras gordas.

    Eso me persiguió largo rato hasta hace 1 año que acepte mi cuerpo. Lo hice porque me quejaba de mi lonja, que me ha acompañado por 25 años pero no hago nada para desaparecerla.

    Hay días donde no me preocupa, hay otros donde sí. Es una lucha a veces diaria.

    Yo sugiero el libro de “Enfermas de Belleza” de la Dr. PhD Renee Engeln, buenisimo para este tema.

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