Una vida de colección

A los seis años se me cayó el primer diente. Lo guardé en una cajita con forma de ratón que me regaló mi dentista de entonces y así empezó la colección. Durante la infancia coleccioné aretes de plata y de plástico, polly pockets de los de antes, muñecas cabbage patch, cicatrices en las rodillas y carritos de hot wheels.

Ha pasado el tiempo y la colección solo ha crecido. Tengo colecciones en varias casas, colecciones completas de cuentos infantiles y colecciones a medias de CDs coleccionables y libros de cocina de Larousse. Guardo una cajita de metal que alguna vez guardó un reloj y hoy guarda una colección de pequeños objetos llenos de grandes historias.

Tengo una colección de todo aquello que ya no seré: gimnasta olímpica, voleibolista de selección, madre joven, bisexual. Y otra más de las cosas que ya no tendré: una moto, una boda en donde esté mi abuela, una maestría en Harvard y una mejor primera vez.

Mi más prominente colección es de listas. En Google keep, en Excel, en bookmarks de Chrome y en la conversación de whatsapp conmigo misma. Listas en tarjetas de notas, en decenas de libretas, en post its gigantes y cuadernos japoneses. Con formato de bullet journal, junto a cintas de checkboxes. Listas de ciudades visitadas y países por conocer, listas de casas en las que he vivido, parejas que he tenido, regalos que he recibido. Listas de libros leídos, a medias, por leer y para comprar. De gastos, el súper, trabajos, ideas y personas. De passwords, números de tarjetas, y posibles nombres para mis hijas. Listas y listas, de cosas por dibujar, mapear, escribir e investigar.

Colecciono boletos de cine borrados, cartas de amor sin chiste, camisetas del pasado y aretes sin par.

Colecciono recuerdos a medias que a veces se diluyen con recuerdos de historias contadas e imágenes en decenas de fotos borrosas. Colecciono labiales y prendedores y botes de plástico para no coleccionar el remordimiento de haberlos comprado.

Hace mucho coleccioné perfumes que nunca terminé de usar y maquillaje que nunca me gustó, pinturas de uñas que tardaban horas en secar y amigas que dejaron de ser.

Sigo guardando en la colección de las memorias aquellos comentarios hirientes de niñas que no sabían lo que decían y mujeres adultas que ahora entiendo que quizás tampoco lo entendían.

Colecciono preguntas que nunca me atreví a hacer y hoy ya no tienen caso, amores que nunca fueron, secretos bajo llave en un pedacito del corazón y una colección interminable de razones para amar.

Colecciono sueños en blanco y negro que no duran más allá de medio día e imágenes de películas de terror que se me quedan hasta diez años después. Tengo un desasosiego que vuelve cada tarde de domingo evocando la nostalgia de la infancia comiendo tarde y a media luz.

Tengo colecciones permanentes de pedazos de poemas que me cambiaron la vida, de fotos que mi papá colecciona de esa infancia tan lejana en la que aún vivía conmigo, del aroma que deja mi mamá en cada lugar en el que está.

En estos días busco atesorar las colecciones que me dejaron mis abuelas que desde hace algunos días ya no podré coleccionar más. Apunto mentalmente las recetas de la mejor sopa de coditos, el relleno para el pavo, el dulce de pastel y el nescafé con leche. Las instrucciones para lavar calcetines, bordar en punto de cruz, y aunque alguna vez lo odié, cómo hacer caireles en pelo chino. Guardo con lujo de detalle también esas cosas que nunca supieron que les robé para la colección, que se barre con música ranchera, que los bebés se cargan en rebozo, o el orgullo que me da que dos mujeres que nacieron en los años veinte hayan sido tan importantes para la feminista que estoy construyendo. La colección que no esperaba guardar es la del vacío que queda después de que se llevan con ellas, una parte de lo que soy.

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