El “¿te vas a comer eso?” o la cultura de las dietas

Ilustración @frizzkidart

No recuerdo con exactitud la primera vez que escuché sobre una dieta. Quizá fue sobre la del repollo o quizá fue sobre algo más general como contar calorías y reducir carbohidratos. Lo que sí recuerdo es que en quinto de primaria, cuando tenía 11 años,  las dietas ya eran algo presente en todos mis grupos sociales: compañeres, maestres, amigues, familia.

Durante años he visto a personas, mayoritariamente a mujeres, sentirse obligadas a hacer dietas. Hay quien le teme a ordenar algo que no sea queso y jitomate en un restaurante; hay quien no come hasta que no se ejercita; hay quien lleva años sin probar un pedazo de pan dulce. Yo también he tratado de hacer dietas, muchas y durante muchos años. Nunca lo he conseguido y siempre se lo atribuí a mi falta de fuerza de voluntad y a mi amor por los tamales. Hace poco decidí dejar de intentar y, en el proceso, aprendí algunas cosas sobre las dietas.

Lo primero es que entre el 95% y 97% de las dietas fallan. Digo “las dietas fallan” y no “las personas que hacen dietas fallan” porque si tantes de nosotres fallamos, quizá es momento de aceptar que el problema no es nuestra falta de voluntad sino las dietas mismas y los métodos que emplean.

Comer puro repollo es una tortura y además no funciona pero lo seguimos haciendo porque nos han convencido de que es nuestra obligación estar siempre tratando de enflacar. La cultura de las dietas es el resultado de una sociedad que piensa que sólo los cuerpos delgados son hermosos y aceptables. Entonces, terminamos creyendo que nuestros cuerpos deben ser delgados y, si no lo logramos, nos dicen que nuestro cuerpo está mal, que nosotras estamos mal y que debemos sentirnos culpables cada vez que comemos. La cultura de las dietas triunfa cada vez que nos comemos un pastel y, al mismo tiempo, googleamos “cómo bajar de peso rápido”. En esos momentos de culpabilidad y vulnerabilidad, el marketing ataca y viene a recordarnos que, si logramos completar esa nueva dieta milagrosa, por fin seremos felices.

Creo que en el fondo todes sabemos (y hay múltiples estudios que prueban) que ser delgade no garantiza felicidad pero hay miles de anuncios y artículos diseñados para convencernos de lo contrario. La cultura de las dietas es peligrosa porque le asigna un valor moral a lo que comemos. A muches nos han dicho “¿te vas a comer eso? Pero si te habías portado tan bien toda la semana…” Como si “portarse mal” significara comerse unos tacos, como si ser gorde fuera el peor pecado. Si a esto le sumamos nuestre “amigue” que se la pasa comentando que con “un par de kilitos menos, ese vestido se te vería increíble”, terminamos en un círculo vicioso de empezar la dieta cada lunes y romperla el martes y sentirnos un fracaso y volverla a empezar. Todo esto destruye nuestra relación con la comida, terminamos teniéndole miedo o resentimiento y, muchas veces, conduce a desórdenes alimenticios.

Si la cultura de las dietas nos hace tanto daño, ¿por qué se sigue perpetuando? La respuesta es dinero. Solo en Estados Unidos, la industria de las dietas que abarca desde pastillas para inhibir el apetito hasta membresías de gimnasios genera más de 66 billones de dólares al año. Entonces no resulta tan extraño que las dietas no funcionen porque a las compañías que las diseñan les conviene que así sea para poder seguir capitalizando con nuestras inseguridades.

Quiero tener una vida saludable y quiero que todas las personas, especialmente las mujeres, tengan vidas saludables también pero no quiero que todes adelgacemos. Amar a nuestros cuerpos no es forzarlos a pasar hambre o restringirlos de todo lo que no sea lechuga. Si existiera una dieta milagrosa que funcionara, ya todes la habríamos hecho pero no existe. Así que hay que tratar algo distinto. Hay que crear espacios seguros donde podamos comer sin sentirnos culpables, donde podamos hablar sin tener que mencionar el odio a nuestros cuerpos o la nueva dieta de moda. Empecemos a hablar, en cambio, de amar y nutrir nuestros cuerpos y que comer verduras no sea un castigo sino un acto de autocuidado y lo mismo para el helado, que sea autocuidado y no un pecado. Empecemos a seguir celebridades, influencers y conocides que promuevan el amor a nuestros cuerpos diversos, en lugar de tés para adelgazar.

No permitamos que la cultura de las dietas nos arrebate la salud mental y física a cambio de falsas promesas. Sobre todo, promovamos la idea de que todos los cuerpos son válidos, incluyendo el nuestro.

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