Mi cocina: el centro del universo

Me gusta preguntarle a la gente cuál es su primer recuerdo de alguna actividad específica. ¿Te acuerdas de la primera vez que abrazaste a alguien? ¿La primera vez que dibujaste algo tan bueno que se ganó su lugar en el refrigerador? Pero la más importante siempre ha sido: ¿te acuerdas de la primera vez que cocinaste algo? Yo sí. Mi primer invento gastronómico fue una salsa especial que más bien era la combinación de todos los contenidos en estado líquido de mi cocina. Mi madre es una santa: se lo puso a un pan y se lo comió entero. Y esto se lo agradezco por siempre, porque, a lo mejor si lo hubiera tirado, no me sentiría tan cerca de la cocina como me siento hoy.

Hay muchos rituales en este mundo, cada quién tiene los suyos: religiosos, de autocuidado, o por simple disciplina. Para mí, el más importante es cocinar. Hoy quiero convencerte de que una de las mejores cosas que puedes hacer por ti es empezar a tomar tu tiempo en la cocina como un momento sagrado en tu día.

Para muchos, cocinar es tedioso. Es una obligación más que tienen que completar y ya está. Se cocina con lo que hay, se sirve el plato en la mesa, se come, se repite unas cuatro o cinco horas después.

La primera falla, es no hacer conciencia sobre los ingredientes mismos. Cada uno de los elementos que conforman el platillo principal, tienen una historia entera detrás. Por cada papa, cada pechuga de pollo, cada ramita de romero que ponemos en el plato, hay un mundo de personas y circunstancias que lograron que llegara a nuestras manos. No está lejos de ser un milagro, y hay que aprender a tomarlo como tal. Alguna vez leí que la gratitud altera la composición del ADN de las cosas, lo hace mejor para uno. Si empezamos a agradecer a la cadena de actores que nos hicieron llegar ese rábano a las manos, el manjar ingerido al final carga con la resonancia de un gracias. Si mi explicación mística no te convence, lo que si es cien por ciento comprobable, es que al tener mayor control sobre lo que ingieres, tienes mayor control sobre tu cuerpo y su desarrollo. No me malinterpreten, yo también soy fan número uno de las campechanas, pero no voy a negar que después de comerme un pan tostado, un plato de fruta y unos huevos revueltos, me siento mucho más lista para afrontar lo que venga después.

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Además, creo que, cuando uno aprende a cocinar bajo las circunstancias adecuadas, se puede convertir en uno de los momentos de meditación más importantes del día. A mi papá, se le ocurrió recientemente que hacía falta una bocina justo arriba del refrigerador. Todavía no sé cómo se lo voy a agradecer. La calidad y profundidad que aumenta a cualquier platillo el estar comiéndolo con el paisaje musical apropiado es casi indescriptible. Algo similar sucede al momento de estar cocinando. Cuando nos rodeamos de las vibraciones correctas (en este caso musicales), es mucho más sencillo dejar fluir el proceso, ir dejando que los ingredientes se transformen y se conviertan en un producto final en armonía.

Por otro lado, también es una manera sencilla de quitarse un poco el letargo de existir, sobre todo cuando uno se siente abrumado. Algo tan sencillo como poner a calentar tortillas, esparcir la cantidad correcta de queso sobre ellas, y después cerrarlas justo a la mitad, es un task pequeñísimo, que nos trae la misma satisfacción de algún objetivo mayor.

Tal vez aún no estás de acuerdo conmigo, por lo que te voy a dar una razón más: cocinar es uno de los procesos creativos con más libertad que existen. Somos afortunados y tenemos un país con una variedad infinita de todos los elementos gastronómicos. Para cocinar una misma verdura, podemos encontrar cien variaciones. Un ingrediente para cualquier receta lo podemos sustituir con otro, que además le da un toque distinto cada vez. Se vale emplatar de la manera que queramos, en la superficie que nos guste, tan grande o chiquito como nos plazca. Estamos acostumbrados a una variedad tan vasta de texturas y sabores, que cualquier novedad es bienvenida. En fin, cocinar nunca se vuelve tedioso, si uno no se prohíbe a sí mismo explorar.

Por último, te dejo con mi evidencia más contundente de que cocinar se tiene que volver una prioridad: la cocina crea nexos. Les voy a platicar una de mis mejores memorias en la cocina: alguna vez, mi mejor amiga y yo decidimos hacer papas a la francesa. Spoiler alert: nos quedaron crudas. Ese día se arregló con un mar de cátsup* sobre las papas, pero pactamos volverlo a intentar. La siguiente vez que fue a mi casa, llegamos a la conclusión de que el aceite tenía que estar más caliente. Spoiler alert: el techo de mi cocina estuvo teñido de negro por los siguientes tres años. La comida fue horrible, las consecuencias fueron horribles y aún así es fecha que ella y yo nos reímos del suceso.

La cocina nos acerca con los demás, comer es una de las necesidades básicas que compartimos con el resto de los habitantes del planeta. Entonces, como la cocina nos conecta el uno con el otro, termina por crear una red inconmensurable, repleta de secretos y leyendas, de recovecos que uno tiene que visitar. Hacer agua de horchata me hace sentirme completamente mexicana, preparar enchiladas suizas me regresa a los domingos a las 6 de la tarde, cuando el sol está por ponerse, armar una pasta alfredo me hace reír como cuando comíamos sentadas en las sillas altas de la barra.

Cocinar es un ritual sagrado, porque conlleva un proceso sin principio y sin fin, donde las plantas vuelven a crecer y el epazote vuelve a hervir. Puede convertirse en nuestro momento de felicidad y paz mental, o puede acercarnos a memorias y personas que nos han marcado. Nos enseña a ser amorosos con nosotros mismos y a agradecer lo que está alrededor.

La próxima vez que prepares el cereal, antes de servir la leche, dale gracias a la vaca que, en algún lugar del mundo, te la cedió y ojalá que, aunque sea poquito, te sepan mejor tus lucky charms.

Les dejo mi canción favorita para preparar cosas frescas: una torre de atún, frutita picada con limón y sal o una ensalada.

*Discúlpenme, pero soy de las que creen que esta es la manera correcta (y única) de decirlo.

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