Ida y vuelta

El año pasado huí de Monterrey en enero. Nueve meses después estaba de regreso. Llegué de sorpresa en la camioneta de los papás de una amiga que acababa de conocer por un grupo de Facebook. No traía nada más que una mochila porque, según yo, “venía máximo dos semanas”.

De un día para otro, como cuando me fui, decidí que me iba a quedar aquí. Estuve dos meses en casa de una amiga, un mes con otro amigo, luego le renté su cuarto a una de mis actuales roomies y finalmente encontré un departamento. Otras amigas me ayudaron a conseguir trabajo y un día ya estaba instalada de vuelta. Una vez más todo estaba bien: tenía trabajo, tenía un depa, tenía a mis gatos y había regresado con la gente que me quería.

Meses después tuve una crisis y empecé a ir a terapia. Una de las primeras cosas que hice fue hablar con mi terapeuta sobre la increíble red de apoyo que tenía y que, de alguna manera, no había notado: me habían abierto las puertas de sus casas sin más y me hicieron sentir que tenía varios hogares y muchas familias.

Sabía que me habían ayudado, pero no sabía por qué ni sabía cuánto iba a necesitar estas amistades más adelante. Antes de darme cuenta de que me había rodeado de personas maravillosas y de que habíamos construido una red de apoyo, pensaba que solamente estaban haciendo por mí lo que sabían que yo hubiera hecho si hubieran estado en la misma situación que yo. Solo así lo entendía; ¿por qué otra razón me ayudarían sin pedir nada a cambio?

Nueve meses después de haber llegado a Monterrey se empezó a repetir el ciclo del que había estado huyendo desde la vez que me fui y quizá desde años antes. Otra vez depresión, miedo y (para sorpresa de nadie) ganas de escapar, de “mandar todo a la chingada”, yo incluida. Pero ahora no tenía a dónde huir porque “todo estaba bien aquí”.

Esta vez, el vaso de crisis se desbordó y todo se salió de control. Tuve que aceptar que necesitaba ayuda, tuve que aceptar que no podía por mi cuenta y que a veces necesitaba pasar días enteros en casa de mi amigo Pablo porque me daba miedo estar sola.

Después llegó el peor momento, el más peligroso. Cuando peor me sentía, lo único que pude hacer fue llamarle a una amiga y con las fuerzas que me quedaban le dije “por favor, ven”. Me respondió que no podía, me preguntó qué tenía y me pidió que no le colgara. Le colgué.

En mi cabeza no dejaba de sonar mi propia voz diciéndome “estás sola”, “a nadie le importas”, “nadie va a venir”, “si te mueres hoy, nada va a cambiar mañana”. Cada vez sonaba más y más fuerte, cada vez me costaba más trabajo recordar que sí hay personas que me quieren. Estaba tirada en el piso y necesitaba ayuda.

De un momento a otro olvidé que hay gente que me ama y me hundí. Después me llegó un mensaje, luego una llamada y en menos de tres minutos una amiga estaba en camino, estaba dispuesta a estar, y después de ella llegó otra. Ese día a quien llamé no pudo venir, pero le llamó a dos personas que sí. Supo qué hacer. Al otro día mi amiga Pau me acompañó al hospital y entre cinco amigas se organizaron para cuidarme cuando más lo necesitaba. Después llegó mi mamá. Entre todas me salvaron.

Para este punto no estoy segura de a dónde quería llegar, pero necesito decir que está bien pedir ayuda, necesito agradecerles a quienes han estado para mí sin juzgarme, a quienes han buscado entender y han aprendido a ayudarme. Necesito reconocer el esfuerzo y el cariño de quienes han decidido estar conmigo a pesar de y no por lo que les pueda ofrecer.

Necesito pedirles que seamos parte de esas redes de apoyo para amistades y familiares con enfermedades mentales, que aprendamos a identificar cuando alguien necesita que estemos. Necesitamos que estos lazos de los que habla Majo en “Una carta de amor a las redes de apoyo de mujeres” se extiendan y que se deje atrás la idea de que se construyen únicamente por mujeres.

Al menos en mi vida, hay hombres que han sido de los pilares más importantes en mi proceso, y ni siquiera compartimos sangre. Los hombres también necesitan ayuda, también pueden ofrecerla. Los hombres también pueden ser parte de esto.

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