Estar en constante traducción

No recuerdo cuándo identifiqué que tenía una sensibilidad peculiar. Solo estaba la sensación perpetua de confusión frente a cualquier interacción social. Me invadían los sentimientos y las emociones, siempre, y pese a eso no lloraba ni hablaba en la escuela. No lo hice cuando una compañera me encajó un lápiz en el brazo. Y cuando mi amiga de la primaria me repetía que era fea, mi expresión era estoica.

¿Realmente necesitaba tener amigues de mi edad? Pero si yo ya tenía grandes amistades. ¿Qué no ir al Vips con mi abuelita contaba como socializar? Junie B. Jones, la protagonista de mis libros favoritos, era mi amiga también, ¿no? La acompañaba en todas sus aventuras: “Junie B. First Grader”, “Junie B. Jones y el autobús apestoso”, y ella en las mías, aunque éstas consistieran en quedarme a leer en el salón a la hora del recreo.

Mi mundo interno era más atractivo, lúcido y familiar. Y sobre todo: era controlable. Algunos estímulos externos solo me abrumaban y deseaba silenciarlos. Mi fantasía me convencía de que la ilustración del camarón en el menú del restaurante iba a cobrar vida para comerme. Y me lanzaba al suelo a llorar y gritar del pánico. Las personas que pasaban creían que estaba padeciendo un ataque epiléptico.

Pero ésta no fue una etapa de la infancia, no fue una chiflazón, no era histriónica. En universidad y en el mundo adulto las interacciones sociales y algunos estímulos me siguen generando cierta ansiedad. Me inquieta hablar frente a un público y para interactuar en clase necesito escribir primero un borrador en las notas de mi celular. Tengo el mismo tic de la pierna desde pequeña y soy obsesiva con mis horarios de comida. A veces me paso un buen rato buscando el plato de pasta en mi casa porque no me gusta comer pasta en otro plato.

A mis 23 años tuve una revelación: tengo autismo. Este año recibí mi diagnóstico como una mujer ‘altamente funcional’ con asperger. Tener asperger es sentirte en el limbo porque ‘no pareces autista’, pasas desapercibide porque te observan lo suficientemente ‘normal’  y por ende el diagnóstico es tardío o nunca llega.

Las mujeres y niñas estamos aún más subdiagnosticadas. Nos enseñan que somos sensibles hasta la irracionalidad, entonces un breakdown sensorial no es más que eso: una exageración. Se espera que socializar sea instintivo para nosotras, entonces muchas nos camuflamos e imitamos a otras niñas y esa dinámica entorpece el desarrollo de una identidad propia.

Reconocerme neurodivergente fue liberador. Era lo que necesitaba para no sentirme ajena y dejar de validarme desde la funcionalidad social. Funciono porque siento, y con mucha agudeza. Porque me duele todo un poco más, porque me aturden los sonidos fuertes pero distingo otros más sutiles. Porque me distraigo con facilidad y el entorno me resulta fascinante. Y esto es diversidad.

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