De hospitales psiquiátricos y valientes

El 5 de diciembre tuve una crisis, en ese momento estaba convencido de que si no iba al hospital en ese preciso instante, me iba a suicidar. Todo empezó con un ataque de pánico y lágrimas incontenibles en la cama de mi amiga. Todo fue de un momento para otro y de repente ya estábamos en la sala de espera para urgencias.

Después de entrar a consulta con dos psiquiatras y de haberme calmado un poco, acepté que necesitaba un descanso: necesitaba internarme para poder recuperarme. Le comenté esto a los doctores y los cuatro (mi amiga, los dos psiquiatras y yo) tuvimos un respiro de alivio. Esa noche no iba a terminar en una tragedia.

Los ocho meses de mayo para acá me llegaron como un puñetazo en la cara, me hicieron perder el balance y junto a unas de las cosas más bonitas que pueden pasarle a alguien, pasaron cosas terribles que me fueron hundiendo en depresión y ansiedad, hasta que me diagnosticaron con trastorno afectivo bipolar II (como diría uno de mis amigos del psiquiátrico, _el light_). 

La primera noche no sabía qué pensar del lugar, si iba a tener amigos, cómo iba a ser mi estancia ahí, cuánto tiempo iba a estar, qué le iba a decir a la gente cuando me preguntara dónde había estado o por qué había desaparecido de repente. Los psiquiatras me dieron una pijama, me retiraron mis cosas y de ahí en adelante solo tendría que concentrarme en mejorar. Lo demás ya no importaba.

Al otro día le pedí a un compañero que se sentara conmigo y empezamos a platicar, me contó por qué estaba ahí y nos empezamos a hacer amigos. Me ayudó a ordenar la biblioteca del psiquiátrico, hicimos dados con papel, jugamos serpientes y escaleras, y me enseñó a jugar ajedrez. Unos días después me dijo que no entendía cómo una persona tan normal como yo estaba en el psiquiátrico.

La clave detrás de haberle parecido tan normal, creo yo, es que estaba dentro de una institución que me salvó la vida junto con mi amiga y que estaba destinada para ayudarme con mi trastorno. Llevaba casi una semana en tratamiento, vigilado por psiquiatras y con enfermeras que monitoreaban si comía, cuánto comía y que me daban mis medicamentos a las horas que necesito tomarlos.

En el psiquiátrico conocí personas con depresión, con bipolaridad, con psicosis, esquizofrenia y un largo etcétera. Todas eran muy normales, simplemente eran personas que se habían preocupado por su salud mental y que estaban dispuestos a internarse para mejorar la situación a la que se tenían que enfrentar por diferentes razones.

Esta publicación es un llamado para que pidan ayuda si la necesitan, para que poco a poco eliminemos el estigma que hay alrededor de los hospitales psiquiátricos; internarse en un psiquiátrico no es para los locos ni para los débiles, tomar una decisión de este tipo es para valientes.

Adentro extrañas el exterior, extrañas a tus amistades, a tu familia, el contacto con tus seres queridos, pero sabes que los volverás a ver cuando salgas y eso te da fuerzas para seguir con el tratamiento hasta que te dan de alta.

Por favor dejemos de ver los trastornos afectivos y las enfermedades mentales como una razón para no hablarle a quienes sabemos que los padecen, ojalá un día también dejen de ser un impedimento para que la gente trabaje en distintas empresas. Hay talento, hay capacidad, pero también hay prejuicios y odio.

Tenemos que empezar una labor para concientizar a la gente al respecto, para que realmente exista un sentimiento de igualdad entre las personas que conocemos. Parte de esto es que dejemos de pensar que estar en un hospital psiquiátrico es sinónimo de debilidad.

Un comentario en “De hospitales psiquiátricos y valientes

  1. Excelente post, gracias por compartir tu experiencia y tu aprendizaje sobre la atención médica en trastornos afectivos. Soy psicólogo y si hay algo que no puede faltar abordar cuando se habla sobre padecimientos afectivos o del comportamiento es el estigma y la discriminación. No debería haber salud mental, pues divide en dos un aspecto que es orgánico y sistémico: la salud.

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